Inmaculada Concepción
A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue
preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo
está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una
descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser
la madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta
promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18,
10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era
teni
do por impotente y débil (cf. 1 Co
1, 27) para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel
(cf. 1 S 1), Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María
"sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él
con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa
Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el
plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación" (LG 55).
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María
"llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su
concepción.
Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción,
proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:
«... la bienaventurada
Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original
en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio
de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador
del género humano (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: DS, 2803).
Los
Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda
Santa" (Panaghia), la celebran "como inmune de toda mancha de pecado y
como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo" (LG 56).
Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado
personal a lo largo de toda su vida.
CIC 489, 491, 493
